Colmé los instintos sublimes
mucho antes de habitar la desgracia,
sin poder palpar, imaginar, oler siquiera
que la ruina deviene cuando enfría la carne
y las pasiones son aroma, estela añeja
que se pudre en la memoria lentamente,
agonizando.
Entonces no había muerte en mis manos,
allá cuando el cuerpo era el oficio y yo instruida,
en los encantos de las sales y besos,
exploraba la noche con mirada felina,
allá cuando un labio era destino, trecho de vida
y mi piedad se inclinaba ante los ojos de un mancebo
orando plegarias que incendiaran mis muslos;
allá cuando una caricia era en sí la conquista del mundo,
no había muerte en la sed de mis pechos
era sólo el devenir del deseo más profundo.
Esta estela de cadáveres majados de placer,
cuando era niña y un canto de sirenas tentadoras
conducían mi alma pía por el mar de mil destinos,
y era tacto, y era yo albedrío
y volaba por las nubes con sincero regocijo,
vellos suaves, vellos rudos
cuando el canto humedecía mis suspiros
no había más cierto dolor en mis entrañas
que dormir sin haber gemido muerte
sin haber enfrentado el delirio.
Y ahora que soy bestia sorda, fiera calma en el estío,
vientre lleno que ha surcado los palacios y los ríos,
el terreno del hombre sin hado,
el sendero del goce y la locura, oh dulce brío,
son mis noches detención de un alma joven,
son mis pasos los rodeos del hastío,
una vez que la desgracia de la mente
ha poblado de cordura mis sentidos,
soy acero que arde sólo en el incendio
y rasga el viento, inventa el frío,
motivando de mis sueños el olvido
para ser de nuevo lumbre sin decoro
y habitar el hambre de la carne de un mendigo.
Me embriagado del licor del desenfreno
y hoy soy purga de las copas que he ingerido
sin moral ni compasión me he pervertido
y encontrado en la locura un compañero, un enemigo
!Desmesura se llamó mi signo!
Allende, hace dos noches, cuando el ánimo henchido
de placer me perdía que vertiera
otro beso en mi sangre, otro aullido en mi trino.
Ay pasado que colmé sin advertirlo,
ay las horas que clamé por el ruido
y hoy que el cuerpo ha decaído
que el deseo es otro y el futuro un hilo
reina imberbe en mis caderas el ético freno
de un adulto que ha crecido,
y se pintan los días con astros y soles repetidos
brilla el deber iluminado de alegría
que mi cuerpo rechaza, que rechaza mi hígado
orando por pieles con plegarias y ritos,
rezando por lunas que enverdezcan mis gritos
de mi añeja furia, mi ciego destino
cuando no había soles y el mundo era el ritmo
de una joven ansiosa por tragar un bocado
lo que ahora he comido,
y sin hambre me arroja a los años del hastío.
Ay dolor, ay suplicio, si tan sólo mi cintura
hubiera sabido
que colmar el hambre a corta edad en mi ser sería tragedia
que los cuerpos nunca cesan y la sed se aleja
como una bestia ahuyentada en la selva,
que mi ser sería desierto de anhelos de grandeza
y el amor sería sereno, soliloquios de destreza
ay edad que caes profunda en la mirada inquieta,
y atas con lianas de cordura y de tristeza
la llama viva de una joven sin promesas
la sed el hambre de la carne, su viveza.
Será aquí mi humedad, mi idiolecto, mi lengua húmeda. Nuestra humedad, el español, la lengua nuestra.
La Humedad, la lengua toda, el músculo de lo humano, peregrinaje de babas:
toda ella, la lengua, soporte de nuestra humanidad, húmeda mortandad, toda ella, imperecedera: la Lengua Húmeda.
Colmada
EIDOZ A'
Nisiquiera intacto
sino amalgamado con la urdimbre de su paz artesanal,
permanecía el garabato que trazó
alguna noche en su alcoba con una melodía:
Lo atesoraba líquido en su memoria
cual miel de flor cactácea,
y así vertiente en los abismos
abrazando las raíces de su flor madura,
bañaba los impulsos de su psique
ferviente y con dulzura.
Por alguna razón le resguardaba
ahí donde nace la ficción poética,
como una suerte de ficción matemática
ideal, sin dimensión, posible, atópico,
y de cuando en cuando,
coincidía con los modos en que la materia se asambla
efímeramente,
como la trágica realización de un mito.
Por escribir
Hoy no llevo ni un verso en la lengua,
no deviene como turrón la palabra
ni como roca por un desfiladero.
Hoy se encuentra pesada,
atada a fuerzas aún mayores
que mi propio ritmo.
No me desconsuela ni me aflige
emplearla así sin más idea que el impedimento mismo
de hacer nacer la lengua
al correr de la pluma.
Sólo dispongo de palabras hechas
ajustables, disponibles ahí
para mi sobrio entretenimiento nocturno
vocablos, sustantivos, comas espacios.
puntos...
suspensivos y una compulsión
ajena a todo fundamento
disímil de toda inspiración;
sobre de toda inspiración;
sobre todo de la poética.
Grafías y no más que trazos alfabéticos,
no más que una muñeca ansiosa,
un bolígrafo a la mano
que deslizo sobre este papel ligero
sin más intención
que ejercitar un hábito amanuense.
Siembra de Theut
antes ausentes en la nívea superficie,
y así develadas, como un destino cruel
se vuelven lodo de tierra y agua
entre surcos que se inscriben
al nacer las letras.
Cuántas veces he visto las grietas ante mí,
correr plenas de tinta por las fibras
como ríos que fluyen multiformes
ahí donde mi arado abre un rostro,
y en la retícula la imagen ténue
brota a la medida de su tierra.
Así en el trazo se descubre lo oculto
pleno ahí en su ausencia
de forma se colma y aparece,
cual fruto infinito que no madura
ni marchita consecuente a su origen.
Se muestra cual parcela de retoños inconexos
que otra incisión bien puede atar
a modo de hechizo atributivo
a modo de vara que contorna el lodo
y entonces,
cual brazo de un torrente caudaloso
se emparentan las estrías en la siembra,
mágicamente se desvela el cariz de la meseta
labrando al discurso,
engarzando hendiduras conocidas por palabras
prestas a los sentidos
cual superficie de un misterio removido.
Tal vez dos
Ahí se parió la revelación
inminente como cuando se está a punto de abandonarlo todo
por ofrecer religiosamente la fe a un concepto
como a la libertad, por ejemplo,
como a la muerte
–cuántos no han querido ser únicamente espíritu–
Pero sucede la luz en la luz
y la carne en la carne
y Orfeo fue canto como Delfos palabra
un llamado recoge los sentidos
y dejar de atender no se puede
al mensaje de la vida en la vida
al silencio del habla entre tumbas de arena.
!Por eso siempre ha sido el mar quien mejor anuncia!
Profeta congruente al devenir
!oh estruendo que en tus aguas mueres
déjame ser resonancia en tu seno!
He atendido al resplandor de tu tragedia
levando mis anclas navego sin rumbo
y en el mar abierto no espero una isla
en la cual al sol tender mi cuerpo.
Sigo candente tu susurro
como brasa que se apaga lento
sopla tu pregunta en mí, tu marca
yo seguiré atea
tu brisa indiferente hasta el último respiro.
Desencuentros
Hay encuentros dispares, ajenos
en los cuales prepondera el desencuentro,
como en los cruces de la vialidades
donde un mecanismo de luces tricolores
evita nos miremos de frente
y sigamos nuestra andanza
tras haber reconocido el silencio del otro.
Así, uno bien puede pasarse de largo
ignorar la más incómoda contigüidad
hacer como si el hombro del otro no fuese materia
y olvidar que traemos, sino sudor, sino saliva
al menos unas cuantas partículas
de dejo humano en el equipaje
en el rostro, en la mano.
Tan sólo pudiéramos aprehender una de ellas,
saborear la espalda del otro al frente del camino
degustar la más mínima imagen de presencia
en la memoria, en lo sentidos
distinguir al menos lo que no es de uno.
Pero no, acá en la dimensión humana
el mecanismo tricolor es principio libertario
y coexistimos cual retícula de asíntotas
listones que se tejen ignotos entre sí,
como miedo que marca la pauta
de no mirarnos la mirada.
Así habitar el orbe es más sencillo
dice la bandera del principio individuatorio:
dice cada quien son su estandarte.
!Qué absurdo mapa de banderitas inconexas;
quizá por ello, el Estratega
no ha podido salvarnos a todos!
A. V
He guardado para tí un catalejo
similar a un caleidoscopio
–recuerda muy bien esto–
de modo que antes de verte a tí
crudo y presente
como a las flores se les admira en invierno
te veo cercano desde una distancia
parecida a un jardín
donde añejo los frutos del pasado
cosecho y prosigo
cultivando prismas
surcos, sombras y soles.
Te veo a través
de la selva de mi nombre
–recuerda muy bien esto–
cual difracción florida,
flores que de tu carne que en mis ojos
son dlores de mi tierra
que en los tuyos
son pétalos de rosas
bajo el florero del pasado.
Y aquí me viene la mansa duda
–pregúntate bien esto–
¿qué diremos cuando en el camino
la fragancia de un nuevo retoño
frente a frente nos convoque
sin cristal a la vendimia?
–no me respondas ahora.
Impersonal
Impersonal, como cascada que ahuyenta el rocío
del cual beberán dos colibríes
o tres, una parvada de mosquitos
o alguno de seis pies sin mayores pretenciones de intimidad.
Como el freno de labios al decir el nombre
justo después del adjetivo incómodo
ése que abre un nuevo horizontes de señales de tránsito.
Con el dedo índice.
Aunque siempre apunten cuatro viceversa
y lo mismo se desabotone el saco gritando:
este soy yo: estás muy cerca.
Es sabido que la dimensión del ánimo es profunda
y unilateral,
lo suficiente como para lanzar una advertencia,
no vaya a ser que se filtre el verbo franco
y entonces,
la barricada del silencio sea un puente de hierro,
tendido como una ofrenda, una mano
y el otro te tome los pies
una pestaña, pida un deseo
y se cumpla al día siguiente
tu diario en su oído, te dice qué eres
y de pronto,
no basta el dentrífico para los dos
y las sábanas son templo de doble artificio.
!Que mejor retumben las aguas de la reticencia!
No vaya a ser que a Narciso por detrás...
y bueno, el rocío da sólo para un egoismo.
Resonancia I
Así la ciudad de agitada
y yo un destino, un canto a medias
con los ojos alumbrados
de tanto darme al vicio de seguir los brillos,
y los brillos que de todo me desvían
y sin mi destino alumbrada,
detento un silencio entre los coches.
Que mejor sean dos. punto punto
Ya luego tejeré un sonido
sino más bello –siempre hemos dicho,
que es mejor callar, irónico–
digno de haber atendido
a la pausa.
Apenas podría referime a la poesía de otro modo.
Sobre todo en los últimos lustros en que no he logrado
ser presa del deseo
su objeto, como un ente místico,
y que poco puedo decir haber deseado
que viniera a mí la ráfaga
–a decir verdad
siempre me lanzo con fe a buscarla,
y freno cuando se agota el suspiro–,
que tocara pues, el silencio a mi puerta
vasto de ser indecible
y pronto a morir en el verso.
Lo mato.
Así sin pensarlo una vez.
Tan poco atesoro la actividad de la afasia. punto punto
Por más que no se quede quieta la urbe
y yo a medias tintas
me tenga un lejano horizonte,
porto la sordera como cetro.
Es lógico así ser luciérnaga
me parece,
aunque no a ciencia cierta.
Aunque nunca como del oído me precio
considere que en la vista abunda la conciencia
–a veces cuando el brillo me entusiasma
suelo cantar de dicha–,
nacida o no, para ser vista,
mi módica contribución al destino
es ser resonancia del habla.
Cuándo cesó el calor del fandango
Cuándo cesó el calor del fandango
cuándo el sabor dulce del mango
dejó de ser guanábana en tu voz
y renunciamos al Sotavento,
dejó nuestro amor de ser un cuento
de cándida estrella, martillo y hoz.
Dime cuándo de concreto el Itsmo
fue cubierto por el triste sismo
cuándo la jarana y la tarima
ajados por el fiero percutir
y las cuerdas echadas a dormir
fueron silencio en nuestra rima.
Dime cuándo nuestro hermoso nido
yo sé cuando, fue el olvido
que áspero aceite de mi nombre hizo
y agua del tuyo en la algarabía,
distanciando tu alma y la mía
revirtiendo aquél mágico hechizo.
Yo sé cuándo se enfriaron los roces
y de miel cesaron los derroches
fue el atole vertido en tu sangre
que mi me supo a desesperanza
y sólo henchida de remembranza
de pasión me dio mucha hambre.
Yo sé cuándo y no me desconsuela
ya no me achaca el dolor de muelas
como juicio y sueño te abandono
allá donde está tu ocre recinto
ya de todos colores me pinto
que quedo aquí con todo y mi encono.