Hay encuentros dispares, ajenos
en los cuales prepondera el desencuentro,
como en los cruces de la vialidades
donde un mecanismo de luces tricolores
evita nos miremos de frente
y sigamos nuestra andanza
tras haber reconocido el silencio del otro.
Así, uno bien puede pasarse de largo
ignorar la más incómoda contigüidad
hacer como si el hombro del otro no fuese materia
y olvidar que traemos, sino sudor, sino saliva
al menos unas cuantas partículas
de dejo humano en el equipaje
en el rostro, en la mano.
Tan sólo pudiéramos aprehender una de ellas,
saborear la espalda del otro al frente del camino
degustar la más mínima imagen de presencia
en la memoria, en lo sentidos
distinguir al menos lo que no es de uno.
Pero no, acá en la dimensión humana
el mecanismo tricolor es principio libertario
y coexistimos cual retícula de asíntotas
listones que se tejen ignotos entre sí,
como miedo que marca la pauta
de no mirarnos la mirada.
Así habitar el orbe es más sencillo
dice la bandera del principio individuatorio:
dice cada quien son su estandarte.
!Qué absurdo mapa de banderitas inconexas;
quizá por ello, el Estratega
no ha podido salvarnos a todos!
Será aquí mi humedad, mi idiolecto, mi lengua húmeda. Nuestra humedad, el español, la lengua nuestra.
La Humedad, la lengua toda, el músculo de lo humano, peregrinaje de babas:
toda ella, la lengua, soporte de nuestra humanidad, húmeda mortandad, toda ella, imperecedera: la Lengua Húmeda.
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